Investigación y Desarrollo

Érase una vez un único idioma
Érase una vez, hace mucho, pero que mucho tiempo, cuando la Tierra aún era joven, un lugar donde empezó todo: un magnífico lugar donde se pronunciaron las primeras palabras. Allí los hombres construyeron Babel, que era mucho más que un simple hogar: de hecho era una torre, una construcción elevada y elegante, con capacidad para albergarlo todo y a todos.
Su aspecto era casi mágico: sus habitantes creían que sus antepasados la habían construido para acercarse al cielo. Y eso, precisamente, era Babel: una escalera hacia el cielo. Cuando la noche era más oscura, la parte superior desaparecía entre las nubes, y desde ese último piso, incluso se podía volar… (bueno, al menos eso era lo que se decía).
En Babel reinaban la paz y la armonía. No obstante, llegó un momento en que sus habitantes parecían haberse vuelto perezosos. Naturalmente, seguían queriendo hacer cosas, progresar y aprender, pero, tal y como a veces sigue ocurriendo en la actualidad, no tenían especial interés en el futuro lejano y no querían cambiar.
Por el contrario, Dios sí quería que descubriesen el mundo, y para obligarlos a reaccionar decidió crear más idiomas. Así pues, una mañana, cuando los habitantes de Babel trabajaban, comenzaron a hablar idiomas distintos. ¡Babel se sumió en el caos más absoluto! Un lugar así no podría resistir todos esos sonidos, ideas y palabras…
Por eso se fueron repartiendo por la Tierra, conquistando otras regiones.
De nuevo se sorprendieron, admirando la gran variedad de impresionantes lugares y cosas que los aguardaban. Un mundo repleto de maravillas, de paisajes inexplorados con una gran belleza natural. La belleza les devolvió la armonía, y por suerte no olvidaron que tenían que seguir trabajando juntos para acercarse de nuevo al cielo.
Las esperanzas de los pobladores de la Tierra se renovaron, y volvieron a reunirse, a trabajar juntos, a intercambiar sus mercancías, y a luchar, como siempre, por la buena marcha de sus negocios.
En consecuencia, se vieron obligados a comunicarse cada vez más. Y poco a poco se volvieron plurilingües: todos aprendieron el idioma de los demás. La experiencia extraordinaria e irrepetible de Babel había desembocado en una ingente diversidad de comunidades, cada una de ellas con sus propias características e historias. Era como si de un único tesoro, hubiesen surgido cientos de miles de ellos, todos con algo que aportar a los demás.
Y eso fue lo que más sorprendió a estos antiguos moradores: al compartir su propia fortuna con los demás, todos se enriquecían. Así la torre de Babel se convirtió en “Glocalandia”: una realidad global que mejora con la sabiduría local, donde los conocimientos se unen y crecen día a día, haciendo de los hombres seres más sabios y serenos en su viaje hacia el cielo.
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Su aspecto era casi mágico: sus habitantes creían que sus antepasados la habían construido para acercarse al cielo. Y eso, precisamente, era Babel: una escalera hacia el cielo. Cuando la noche era más oscura, la parte superior desaparecía entre las nubes, y desde ese último piso, incluso se podía volar… (bueno, al menos eso era lo que se decía).
En Babel reinaban la paz y la armonía. No obstante, llegó un momento en que sus habitantes parecían haberse vuelto perezosos. Naturalmente, seguían queriendo hacer cosas, progresar y aprender, pero, tal y como a veces sigue ocurriendo en la actualidad, no tenían especial interés en el futuro lejano y no querían cambiar.
Por el contrario, Dios sí quería que descubriesen el mundo, y para obligarlos a reaccionar decidió crear más idiomas. Así pues, una mañana, cuando los habitantes de Babel trabajaban, comenzaron a hablar idiomas distintos. ¡Babel se sumió en el caos más absoluto! Un lugar así no podría resistir todos esos sonidos, ideas y palabras…
Por eso se fueron repartiendo por la Tierra, conquistando otras regiones.
De nuevo se sorprendieron, admirando la gran variedad de impresionantes lugares y cosas que los aguardaban. Un mundo repleto de maravillas, de paisajes inexplorados con una gran belleza natural. La belleza les devolvió la armonía, y por suerte no olvidaron que tenían que seguir trabajando juntos para acercarse de nuevo al cielo.
Las esperanzas de los pobladores de la Tierra se renovaron, y volvieron a reunirse, a trabajar juntos, a intercambiar sus mercancías, y a luchar, como siempre, por la buena marcha de sus negocios.
En consecuencia, se vieron obligados a comunicarse cada vez más. Y poco a poco se volvieron plurilingües: todos aprendieron el idioma de los demás. La experiencia extraordinaria e irrepetible de Babel había desembocado en una ingente diversidad de comunidades, cada una de ellas con sus propias características e historias. Era como si de un único tesoro, hubiesen surgido cientos de miles de ellos, todos con algo que aportar a los demás.
Y eso fue lo que más sorprendió a estos antiguos moradores: al compartir su propia fortuna con los demás, todos se enriquecían. Así la torre de Babel se convirtió en “Glocalandia”: una realidad global que mejora con la sabiduría local, donde los conocimientos se unen y crecen día a día, haciendo de los hombres seres más sabios y serenos en su viaje hacia el cielo.
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