Brindamos a la salud de Berners-Lee, con el recuerdo perdido del papel de calco.
Festejar, el 13 de noviembre, el trigésimo aniversario de Eurólogos en Bruselas, así como en el resto de las sedes de Eurólogos presentes en cuatro continentes diferentes, ha sido « glocalmente » conmovedor : ¿Quién nos iba a decir, en los 70, que nuestro aniversario, en esta era nuestra de la globalización, nos llevaría a festejar este día uniéndonos por Intranet con la otra parte del charco?
En los 70, los más viejos en nuestra profesión (de aquélla bastante jóvenes) se dejaban sorprender por las profecías del futurólogo Mcluhan, hoy en día profundamente olvidado, que ya hablaba de nuestro mundo como si de un pañuelo se tratase. Hoy en día, esto nos parece obvio. |
Todo el mundo navega hoy en día en Internet, envía mensajes desde cualquier sitio con su minúsculo móvil y utiliza su propio ordenador tal y como hacían los mas "in" de hace años y años cuando escribían con una pesada máquina eléctrica sobre el papel de calco… Así, hemos podido brindar por Don Berners-Lee, padre de nuestras actividades en Internet, por Johannes Gutemberg, inventor de la imprenta, y por San Jerónimo, protector de la traducción. En los 70, habríamos podido brindar solamente a la salud del Doctor políglota de la iglesia, San Jerónimo, puesto que la actividad de aquélla denominada impresión aún no se concebía como parte integrable a la traducción y a las páginas web, o con la localización de logísticas, que ni siquiera existía.
|
Los pobres clientes de nuestros competidores obsoletos.
El problema es, sobre todo, que en los 70 ni siquiera existía el concepto aplicado de contar con tantas sedes operacionales como con lenguas de trabajo. Las empresas no eran más que « buzones » monolocalizados en un solo país que ignoraban los principios traductológicos que han llevado al actual glocalismo.
Nosotros, Eurólogos, estamos contentos de haber recorrido ya todo este camino, que no deja de ser una quimera para más del 99% de nuestra competencia. Las sedes de Eurólogos se enorgullecen por ello de poder ofrecer a su clientela una competitividad que no sólo era inimaginable en los 70, sino que además es imposible de formar parte de la oferta de la casi totalidad de nuestra competencia, que se ha quedado anticuada a pesar de la globalización de sus pobres clientes.
|