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Hay que destruir una pila de copias que alcanza los 500 metros de altura
Los traductores que se encargaban de la versión en catalán de Astérix cometieron un error en la traducción del título del libro. El editor no se dio cuenta
hasta que se completó la tirada. Todos los ejemplares se fueron a la basura: un desastre absoluto.
¿Quién es el responsable que ha de pagar por ello? ¡Tranquilidad, ninguna oficina de Eurologos tuvo nada que ver con esta catástrofe!
Incluso cuando el error sólo puede atribuírsele –en este caso– al traductor (o a la agencia de traducción), las consecuencias económicas que se desprenden
no recaen automáticamente sobre la persona que cometió el error.
La diferencia entre responsabilidad de la traducción y de la edición: el caso de la bomba atómica
Para que al traductor en cuestión se le atribuyera la responsabilidad económica de los daños y perjuicios derivados de su error, su contrato de traducción
tendría que incluir el de edición.
En efecto, no se puede exigir que un traductor pague por los daños causados por una explosión atómica provocada por el error que cometió al traducir dos
palabras escritas en el cuadro de mandos de una bomba: “sí” en lugar de “no”.
Esta hipérbole ejemplifica la diferencia fundamental entre traducir y editar. Es responsabilidad del editor considerar las consecuencias de un posible error
de traducción. Dada la magnitud de las posibles consecuencias –en lo que al uso de la traducción y a los riesgos implicados se refiere-, el editor es la
única persona que rinde cuentas, y ha de revisar la traducción diez veces para asegurarse de que se ha finalizado correctamente, por ejemplo, sin inversiones.
El editor tendría derecho a emitir una nota de abono al traductor por costas de hasta el 100% de la factura. No más.
A falta de un contrato específico “edición de error cero”, el contrato de traducción no puede asumir los riesgos incalculables de un servicio cuyos costes–continuando
con el ejemplo hipérbole de la bomba atómica- ¡no llegarían a un euro!
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Incumplir un contrato “edición error cero” puede salir muy caro
El proceso de traducción siempre está expuesto a errores: el traductor puede cometer hasta 50 errores por línea, incluso después de haber traducido a la perfección cientos de kilómetros de texto. La experiencia no es siempre una garantía. Siempre te puede dejar hipnotizado una palabra, una acepción, una grafía, etc.
Y el revisor también puede caer en la misma trampa, pasando por alto, así, el error “que salta a la vista”.
Por eso hace falta, a menudo, un editor. Y, también por eso, la “edición error cero” requiere un contrato especial en el que se reflejen, de forma sistemática, las reiteradas revisión y verificación.
Las editoriales son conscientes de este asunto fundamental y las más prestigiosas llevan a cabo hasta 14 revisiones del texto antes de considerarlo “listo para imprimir”.
Muchas agencias de publicidad recurren a oficinas de Eurologos para que realicen una “pequeña” corrección de sus textos, tanto desde el punto de vista orto sintáctico como terminológico. Cuentan con departamentos donde se escriben los textos y los releen docenas de veces, hasta el punto de llegar a rendirse sicológicamente por saturación. Y, de este modo, están ciegos ante el detalle.
Aquellos clientes que, astutos, intentan simplificar al combinar, indebidamente, traducción y edición se llevarán, siempre, su merecido.
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